Alexandra fue la primera en despertarse. La luz de la mañana se filtraba por los ventanales y bañaba el apartamento con un tono dorado que lo hacía ver aún más imponente. Caminó descalza por el lugar, observándolo con calma: los cuadros sobrios, los libros perfectamente acomodados, el orden casi meticuloso que contrastaba tanto con la vida caótica del circo.
Pero nada la cautivó tanto como la vista. La ciudad extendiéndose frente a ella, viva incluso a esa hora temprana, le dio una sensación ex