Estar sin ella había sido difícil. Encontrarla en ese pueblo hechizado y luchar por ella había sido terrible. Me consumía la idea de que me odiara. Y, aun así, la suerte me sonrió: ella me quería. Pero el dolor de saber que debía despedirme de ella me carcomía. Mi flor se había llevado varios libros para seguir investigando y sabía que, en el jardín, estaría segura, luego nos casaríamos y viviríamos en esa casa, lejos de todo. Era lo único que me hacía continuar, seguir dando un paso tras otro.