Detuvo el beso de repente y me miró durante un segundo que se sintió eterno. Yo también lo miré.
Nuestros rostros seguían demasiado cerca, nuestras respiraciones aún mezcladas, como si el beso no se hubiera ido del todo, como si solo estuviera suspendido en el aire, esperando permiso para volver.
—¿Qué sientes por mí?
La pregunta salió de mis labios como una bala. Directa. Impulsiva. Irrevocable.
Ni yo misma había pensado en hacerla. Simplemente, brotó, empujada por el miedo, por la incertidumbre, por esa necesidad casi desesperada de entender qué éramos… o qué no.
Azkarion no respondió de inmediato.
Me observó con una intensidad que me hizo contener el aliento. Sus manos se afirmaron con más fuerza en mi cintura, acercándome un poco más, como si quisiera recordarme que seguía ahí, que me tenía. Sus ojos no se movieron de los míos.
—¿Qué crees que siento por ti? —respondió finalmente.
Me estremecí. No por la pregunta, sino por la manera en que la dijo, con calma peligrosa, con una segu