Cuando volvimos, llegamos directamente al penthouse. Apenas crucé la puerta, sentí que algo invisible se rompía en el aire, como un cristal demasiado tenso que finalmente cedía. No fue un ruido, fue una sensación. Una presión en el pecho.
Allí estaba Inés, de pie, impecable, perfectamente integrada en un espacio que ahora también era mío… aunque no se sintiera así.
No me miró. No me saludó. No fingió sorpresa ni cortesía.
Simplemente, avanzó y se lanzó a los brazos de Azkarion D’Argent con una n