Cuando volvimos, llegamos directamente al penthouse. Apenas crucé la puerta, sentí que algo invisible se rompía en el aire, como un cristal demasiado tenso que finalmente cedía. No fue un ruido, fue una sensación. Una presión en el pecho.
Allí estaba Inés, de pie, impecable, perfectamente integrada en un espacio que ahora también era mío… aunque no se sintiera así.
No me miró. No me saludó. No fingió sorpresa ni cortesía.
Simplemente, avanzó y se lanzó a los brazos de Azkarion D’Argent con una naturalidad que me heló la sangre.
Lo rodeó como si ese gesto le perteneciera por derecho, como si yo no estuviera ahí, como si no acabara de convertirme en su esposa.
Me quedé quieta. Invisible. Reducida a una sombra.
—Cuñada, hiciste lo que te pedí —dijo él con absoluta normalidad, como si ese abrazo no hubiera significado nada.
Inés sonrió y asintió. Una sonrisa empalagosa, perfecta, estudiada.
Acompañó el gesto con una dulzura casi teatral, de esas que se usan cuando se quiere aparentar pure