A la mañana siguiente, el rancho despertó envuelto en una quietud engañosa, de esas que anuncian tormenta antes de que el cielo se oscurezca.
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre los árboles centenarios, colándose tímidamente entre las ramas retorcidas y proyectando sombras alargadas sobre los caminos de tierra húmeda. El aire olía a hierba fresca, a establo, a un pasado que se resistía a morir.
Bajamos a desayunar en silencio. Ninguno hablaba demasiado. Las miradas evitaban cruzarse, como si todos presintiéramos que algo estaba a punto de estallar y nadie quisiera ser quien encendiera la chispa.
Yo sentía ese nudo familiar en el estómago, esa presión incómoda que aparecía siempre que Marlen estaba cerca, como un aviso interno de peligro.
El abuelo Finneas rompió el silencio. Se aclaró la garganta y dejó la taza de café sobre la mesa con un golpe seco, autoritario, que hizo vibrar la porcelana.
—Hoy haremos una cacería y una carrera de caballos para disfrutar el rancho —anunció c