A la mañana siguiente, el rancho despertó envuelto en una quietud engañosa, de esas que anuncian tormenta antes de que el cielo se oscurezca.
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre los árboles centenarios, colándose tímidamente entre las ramas retorcidas y proyectando sombras alargadas sobre los caminos de tierra húmeda. El aire olía a hierba fresca, a establo, a un pasado que se resistía a morir.
Bajamos a desayunar en silencio. Ninguno hablaba demasiado. Las miradas evitaban cruzarse, como