Cuando vi que Verena iba montada en aquel caballo desbocado, sentí que la sangre me abandonaba el cuerpo de golpe, como si alguien me hubiese arrancado la piel y la hubiese arrojado al suelo. Todo ocurrió en un segundo, uno solo, y en ese instante perdí la razón. No pensé. No dudé. Vi rojo.
El mundo se redujo a una sola imagen: ella avanzando sin control, el animal fuera de sí, el peligro acechando en cada latido.
El ruido alrededor desapareció. No escuché gritos ni advertencias. Solo sentí ese