Cuando vi que Verena iba montada en aquel caballo desbocado, sentí que la sangre me abandonaba el cuerpo de golpe, como si alguien me hubiese arrancado la piel y la hubiese arrojado al suelo. Todo ocurrió en un segundo, uno solo, y en ese instante perdí la razón. No pensé. No dudé. Vi rojo.
El mundo se redujo a una sola imagen: ella avanzando sin control, el animal fuera de sí, el peligro acechando en cada latido.
El ruido alrededor desapareció. No escuché gritos ni advertencias. Solo sentí ese vacío brutal en el pecho, ese miedo primitivo que no se razona, que se siente como un golpe seco en las entrañas.
Empujé a Marlen sin ningún tipo de contemplación. No fue solo porque la odio —aunque eso ya era suficiente—, sino porque necesitaba su caballo.
Lo necesitaba como si en ello se me fuera la vida.
Subí de un salto, sin mirar atrás, sin medir consecuencias, y clavé las piernas con fuerza. Cabalgué como un loco, como un hombre que ya no tenía nada que perder.
El caballo pareció entender