Decidí sentarme frente a la mesa del comedor.
Tomé la calculadora con manos temblorosas.
Revisé mis finanzas cuidando cada detalle sin que me escapara ni un solo centavo. Sumé mis ahorros, lo que me quedaba de la liquidación y unas cuantas reservas que había guardado para emergencias.
Al final del cálculo, lo que vi fue tan triste como esperanzador: podía pagar las medicinas de mi hermana por un año completo. Eso, al menos, me daba un poco de aire para respirar.
Después de cubrir eso, solo me qu