Al día siguiente, cuando todavía intentaba recuperarme del agotamiento emocional que me dejó la entrevista fallida, recibí una llamada que me encendió la sangre de puro coraje.
Era mi hermana. Su voz temblaba, y eso bastó para que mi corazón se encogiera. Apenas habló, sentí cómo todo mi mundo se desplomaba.
Me dijo que había perdido el subsidio de sus medicamentos.
Ese subsidio no era cualquier cosa; era la única razón por la que podíamos costear el tratamiento de su enfermedad.
Conseguirlo me