Las risas estallaron frente a mí como una bofetada colectiva. No fueron suaves ni nerviosas, tampoco fingidas para disimular incomodidad.
No. Fueron carcajadas abiertas, crueles, perfectamente conscientes de su intención: aplastar, reducir, recordarme mi lugar. O, más bien, el lugar que ellos creían que me correspondía.
Aun así, no me sorprendieron.
Había escuchado ese tipo de risas antes.
Siempre aparecían cuando alguien como yo osaba levantar la voz, reclamar un nombre que no le pertenecía según las reglas no escritas de su mundo.
Eran risas cargadas de jerarquía, de sangre azul y puertas cerradas. Risas que decían no eres uno de nosotros sin necesidad de palabras.
Ylena fue la primera en reír.
Su carcajada fue aguda, estridente, como una cuchilla rasgando el aire. Se llevó una mano al pecho, exagerando la falta de aire, como si mi sola existencia le resultara hilarante.
—¿Tú? —repitió, apenas conteniendo el aliento—. ¿Tú crees que serías esposa de Azkarion D’Argent?
Dio un paso haci