Las primeras balas rompieron el silencio como un trueno seco, violento, imposible de ignorar.
El sonido metálico rebotó dentro del auto y mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. No pensé, no dudé. Mi mano se deslizó bajo el asiento y encontró la pistola. Sentí el frío del metal como una extensión de mí misma.
Corté cartucho con rapidez, el clic fue casi imperceptible entre el caos, y abrí la puerta. Ronald ya estaba afuera, cubriéndose detrás del vehículo. Nuestros hombres… no estaban. O peor: e