POV Emma
Llegué a la suite del hotel cargada de unas bolsas, con los brazos adoloridos y los dedos marcados por el peso, pero con el corazón ligero, casi eufórico.
Había caminado durante horas entre vitrinas y pasillos interminables, probándome ropa que no necesitaba y comprando cosas que quizá no usaría, pero nada de eso importaba.
El cansancio físico era mínimo comparado con la emoción que me recorría por dentro. Esa emoción que no nace de lo material, sino de lo que una espera que venga después.
Este viaje a la casa de campo de los D’Argent no era una simple escapada.
No era solo descanso, aire limpio, paisajes verdes y noches silenciosas lejos de la ciudad.
Para mí, significaba algo más profundo. Más serio.
Era una especie de confirmación silenciosa, una promesa no dicha, de que Adrián me veía como su futura prometida. Como parte oficial de su vida. De su mundo.
No habíamos hablado de anillos. No hubo una propuesta formal ni discursos románticos sobre bodas o fechas exactas.
Nada