Ese día me quedé en casa.
No tenía fuerzas para nada más.
Apenas pude comer algo, un par de cucharadas sin sabor, solo para que el cuerpo no se me apagara del todo. Dormí a ratos, con un sueño inquieto, lleno de imágenes confusas. Cuando desperté, el resfriado ya había cedido un poco. El cuerpo estaba mejor, pero la mente seguía hecha triza. Aun así, respiré con alivio. Por lo menos no estaba enferma. Por lo menos eso podía controlarlo.
Eso creía.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó temprano. Demasiado temprano. Ese tipo de llamada que no trae nada bueno. Contesté todavía con la voz tomada, y al otro lado escuché a mi abuela.
No me llevaba bien con ella. Nunca lo hicimos. Nuestra relación siempre fue fría, distante, cargada de reproches silenciosos. Pero su voz… su voz estaba alterada, temblorosa, llena de una preocupación que me erizó la piel de inmediato.
—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome en la cama.
—¡Es tu hermana! —gritó—. ¡Maldita niña malagradecida! Verena, tu hermana, escap