Ese día me quedé en casa.
No tenía fuerzas para nada más.
Apenas pude comer algo, un par de cucharadas sin sabor, solo para que el cuerpo no se me apagara del todo. Dormí a ratos, con un sueño inquieto, lleno de imágenes confusas. Cuando desperté, el resfriado ya había cedido un poco. El cuerpo estaba mejor, pero la mente seguía hecha triza. Aun así, respiré con alivio. Por lo menos no estaba enferma. Por lo menos eso podía controlarlo.
Eso creía.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó temprano