Salí demasiado rápido.
Tan rápido que no me di tiempo de pensar, ni de respirar, ni de recomponerme. Sentía el cuerpo rígido, la garganta cerrada, el pecho ardiendo como si algo me estuviera quemando desde adentro. Estaba humillada, ofendida, angustiada, con una mezcla venenosa de vergüenza y rabia que me hacía querer arrancarme la piel.
Era de noche.
Una noche fría, de esas en las que el viento no solo cala los huesos, sino que parece meterse directo en la cabeza. Me puse el abrigo casi a ciega