Salí demasiado rápido.
Tan rápido que no me di tiempo de pensar, ni de respirar, ni de recomponerme. Sentía el cuerpo rígido, la garganta cerrada, el pecho ardiendo como si algo me estuviera quemando desde adentro. Estaba humillada, ofendida, angustiada, con una mezcla venenosa de vergüenza y rabia que me hacía querer arrancarme la piel.
Era de noche.
Una noche fría, de esas en las que el viento no solo cala los huesos, sino que parece meterse directo en la cabeza. Me puse el abrigo casi a ciegas, con movimientos torpes. Ya había revisado la salida antes, sabía por dónde irme, cómo desaparecer sin dejar rastro. O eso creía.
Caminé con pasos rápidos, sin mirar a los lados, concentrada únicamente en llegar al subterráneo, en bajar esas escaleras y dejar todo atrás. Y entonces lo vi.
El auto.
Lujoso. Negro. Imponente.
Un Bentley estacionado justo ahí, como si me estuviera esperando. Como si supiera exactamente por dónde iba a pasar. Y junto a él, recortado por la luz artificial de la call