—¿Quién te dijo eso, Inés? ¡Escúchame, por favor!
Mi voz salió quebrada, desesperada, como si al alzarla pudiera sujetarla del alma y obligarla a quedarse. Di un paso hacia ella, extendí la mano, pero Inés no solo se apartó: me empujó con una fuerza que no le conocía, como si yo fuera algo sucio, algo que quemaba al tocarlo.
—¡No eres la buena, Verena! —gritó, y su voz me atravesó el pecho—. Siempre me hicieron venerarte, siempre decían que por ti vivía, que todo era gracias a ti… y mírate. Mira