—¿Quién te dijo eso, Inés? ¡Escúchame, por favor!
Mi voz salió quebrada, desesperada, como si al alzarla pudiera sujetarla del alma y obligarla a quedarse. Di un paso hacia ella, extendí la mano, pero Inés no solo se apartó: me empujó con una fuerza que no le conocía, como si yo fuera algo sucio, algo que quemaba al tocarlo.
—¡No eres la buena, Verena! —gritó, y su voz me atravesó el pecho—. Siempre me hicieron venerarte, siempre decían que por ti vivía, que todo era gracias a ti… y mírate. Mira lo que haces para vivir. No quiero nada de ti. Ni tu dinero sucio, ni tu falso cariño.
Cada palabra era un golpe. No un golpe limpio, no. Era como si me arrancara pedazos de piel por dentro, como si me expusiera viva frente a mí misma. Intenté hablar, explicarle, decirle que no era así, que nada era tan simple, que yo también había sido empujada, arrastrada, rota… pero no me dio espacio.
La bofetada salió de mí antes de que pudiera detenerla.
Dios, juro que lo intenté. Juro que una parte de mí