Azkarion apretó tanto la mandíbula y el puño que tuve la sensación, tan real que me estremeció, de que algo dentro de él estaba a punto de romperse.
No era solo enojo; era algo más profundo, más oscuro, algo que se filtraba por cada fibra de su ser.
Era una furia contenida, espesa y peligrosa, como un río subterráneo listo para desbordarse.
Incluso antes de que hiciera cualquier movimiento, podía sentir esa presión invisible que me oprimía el pecho y me helaba la sangre al mismo tiempo. Su presencia se había vuelto abrumadora, como si todo el aire alrededor se hubiera cargado con electricidad estática, a punto de explotar.
De pronto, y sin ninguna advertencia, me cargó y me alzó sobre su hombro como si no pesara nada.
El mundo dio vueltas a mi alrededor, y sentí cómo cada paso suyo retumbaba en mi pecho, mezclando miedo, indignación y un vértigo que me desarmaba.
—¡Bájame, Azkarion! —grité, golpeando su espalda, forcejeando con torpeza, con la adrenalina, ardiéndome en las venas—. ¡Báj