Esa mujer bailaba con Azkarion.
No era un baile inocente ni casual. Era una exhibición.
Se le pegaba como una lapa, sin el menor atisbo de pudor, marcando cada movimiento con una intención descarada, casi provocadora.
Su cuerpo se amoldaba al de él con una naturalidad insultante, como si tuviera derecho, como si ese espacio le perteneciera desde siempre.
Sus manos se deslizaban por su pecho, por sus hombros, bajaban apenas lo suficiente para que todos lo notaran, para que nadie dudara de sus intenciones. No se conformaba con rozarlo: lo reclamaba ante todos.
Azkarion, en cambio, apenas se movía.
Su cuerpo permanecía rígido, casi inmóvil, como si no necesitara seguir la música para dominar la situación. No la rechazaba, pero tampoco la acompañaba.
No la abrazaba, no la guiaba. Era ella quien bailaba para él, no con él. Él se mantenía erguido, distante, como un rey tolerando una osadía.
Sin embargo, su mirada…
Su maldita mirada no estaba sobre esa mujer.
Estaba sobre mí.
Oscura. Severa.