Fingí dormir, y recé porque él no se diera cuenta de esto.
Lo hice desde el mismo instante en que escuché la puerta del cuarto de baño, abrirse y su presencia invadir la habitación. No abrí los ojos, pero lo vi. Lo vi todo, con esa lucidez cruel que solo aparece cuando el cuerpo está rígido y el corazón desbocado.
Azkarion estaba allí, apenas cubierto por ropa interior oscura, el torso firme todavía perlado por gotas de agua.
Su cabello, húmedo, caía desordenado sobre su frente, y esa imagen se