Fingí dormir, y recé porque él no se diera cuenta de esto.
Lo hice desde el mismo instante en que escuché la puerta del cuarto de baño, abrirse y su presencia invadir la habitación. No abrí los ojos, pero lo vi. Lo vi todo, con esa lucidez cruel que solo aparece cuando el cuerpo está rígido y el corazón desbocado.
Azkarion estaba allí, apenas cubierto por ropa interior oscura, el torso firme todavía perlado por gotas de agua.
Su cabello, húmedo, caía desordenado sobre su frente, y esa imagen se me clavó en el pecho como una herida abierta.
Caminó hacia la cama con la naturalidad de quien sabe que domina el espacio, que no necesita pedir permiso para existir.
Yo cerré los ojos con más fuerza, como si eso pudiera protegerme. Temblaba.
No de frío. De anticipación. De miedo. De deseo. Me obligué a callar incluso mi respiración.
Se metió en la cama.
Y fue como si un tornado se desatara dentro de mí.
Como si cada centímetro de piel reconociera su cercanía antes que mi razón pudiera reacciona