Apenas me cubrí con la toalla, temblando de nervios y deseo, tratando de recuperar el control sobre mi respiración.
—¡Azkarion! —exclamé, mi voz temblaba entre reproche y sorpresa—. ¿Qué estás haciendo?
Él sonrió, esa sonrisa suya, cínica y segura, capaz de hacer temblar hasta al corazón más firme. Una sonrisa que no buscaba suavizar nada, sino desafiarme directamente.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz baja y provocativa—. ¿Acaso no puedo hacerlo? Es solo un masaje. Solo un pequeño juego de piel y manos. Pero dime, ¿por qué dices que no cuando tus ojos gritan sí con cada parpadeo?
Mi cuerpo se quedó sin fuerzas. Mis palabras se negaban a salir; sentí como si todo mi ser se hubiera rendido ante él. Antes de que pudiera reaccionar, arrebató mi toalla con una facilidad que me hizo estremecerme. Sus manos eran grandes, seguras, y sin prisa empujó suavemente mis hombros hasta recostarme sobre la cama, esta vez boca arriba, con mi corazón latiendo desbocado.
Lo miré, incrédula, sintiendo cómo ca