El dolor se clavó directo en la base de mi columna, extendiéndose como un fuego abrasador por todo mi vientre. Solté un grito ahogado, aferrándome con las uñas a las sábanas de la cama con fuerza.
La taza de té que sostenía en mi mano derecha resbaló, cayendo al suelo de piedra y rompiéndose en mil pedazos. El líquido caliente se esparció por la habitación, marcando el inicio del momento que tanto habíamos esperado... y temido.
El parto había comenzado.
En menos de un segundo, la puerta de