En un oscuro pasillo del palacio de Arkhamis, apoyado en el frío muro, Desz se miraba las manos manchadas con la sangre de Lis. Seguía sorprendiéndole que no oliera diferente a la de una humana. Su olfato era tan inservible como su oído, que no le permitió captar la sutil variación en el aire producida por la llegada de Furr.
—¿Cómo está ella?
—Se desmayó en mis brazos, estoy cubierto de su sangre... La sierva me echó para curar sus heridas...
Al saber la noticia, el aya Ros había llegado pres