Después de la tormenta, los días transcurrieron en completa y sosegada calma en las tierras de Nuante, sin rumores de Dumas o de ejércitos humanos irrumpiendo en la quietud del palacio, donde Lis hacía cuanto deseaba. Si quería usar pantalones, los usaba, si quería pasarse el día blandiendo una espada, lo hacía; comía cuando tenía hambre y se dormía cuando el cansancio le ganaba, sin importar lo que pudieran pensar de ella, sin importar el ruido. Él no había vuelto a quejarse.
De ser una pesad