Mundo ficciónIniciar sesiónCinco días habían pasado desde que Giselle se enteró de la trampa legal en la que estaba atrapada, y no había tenido ni un solo segundo de paz.
Cada rincón de la mansión se sentía como una celda, y Marcel, disfrutando de su victoria temporal, se encargaba de recordarle su posición cada vez que se cruzaban.
—Estoy ansioso por saber cuál será tu decisión final —comentó él esa mañana, soplando el humo de su café con una parsimonia irritante—. Si te decides a firmar tu renuncia a la empresa, me llamas. Al mediodía saldré con Antonia hacia el aeropuerto; pasaremos un fin de semana increíble en Aruba.
Marcel levantó la mirada hacia ella, arqueando una ceja, esperando ver el habitual brillo de dolor o el temblor en sus manos. Pero la reacción no llegó. Giselle mantenía la vista fija en su plato, su rostro era una máscara de absoluta neutralidad.
—Que te vaya bien —respondió ella, con una voz tan gélida que incluso Marcel parpadeó sorprendido—. Yo tengo una agenda apretada. Asistiré a la reunión con el empresario inglés, Harry Brown, para cerrar los flecos de la exportación.
—¿Brown? —Marcel soltó una risita burlona—. ¿Crees que un hombre como él te tomará en serio?
Giselle dejó los cubiertos a un lado y lo miró directamente a los ojos. Por primera vez en dos años, no hubo miedo en su expresión.
—Con la empresa no te vas a quedar, Marcel, te lo puedo asegurar. También conseguiré mi libertad; no me importa lo que tenga que hacer. Y tú... tú lamentarás cada humillación. Ya lo verás.
Se levantó de la mesa con una elegancia que Marcel no le conocía, dejándolo con la taza de café a medio camino de los labios. Sin saberlo, él había terminado de despertar a la fiera que permanecía dormida bajo capas de timidez y gafas gruesas; una mujer que ni ella misma sabía que existía.
Al subir a su auto, el teléfono de Giselle vibró. Era su abogado.
—Giselle, necesito que vengas a mi despacho de inmediato. Creo que tengo la solución que buscamos.
Con las esperanzas renovadas y el corazón latiendo a mil, condujo a toda prisa por las avenidas de Valencia, llamando a su secretaria para despejar su mañana. Al entrar a la oficina, el abogado la recibió con una carpeta abierta y una expresión grave pero decidida.
—Giselle, qué bueno que pudiste venir pronto. Tengo noticias, y aunque son complejas, abren una ventana para ti.
—Espero que sean muy buenas —dijo ella, aceptando el café que él le ofrecía y dando un pequeño sorbo para calmar los nervios.
—La situación es esta: según el contrato de fusión y el testamento, ustedes no pueden divorciarse sin que ambos cumplan ciertas exigencias para mantener la integridad de los activos —explicó el abogado—. Primero, deben completar la expansión en Europa; ambos deben estar involucrados en cada aspecto de esas negociaciones. Segundo... —hizo una pausa— el contrato exige un heredero. Un hijo de ambos, comprobado con un estudio de ADN al nacer.
Giselle casi se atraganta con el café. El rostro se le puso pálido.
—¿Un hijo? ¿Con él? —preguntó con horror—. Eso es imposible. No voy a condenar a un inocente a este infierno. ¿Qué pasaría si eso no se cumple? ¿Simplemente seré yo quien pierda la empresa?
El abogado sonrió de medio lado, ajustándose los lentes.
—Aquí es donde se pone interesante. Cobré algunos favores y me asesoré con colegas que revisaron la línea sucesoria de los Roch. Resulta que si el matrimonio falla por culpa de Marcel, o si él se niega a cumplir con las cláusulas de permanencia, él perdería su herencia personal y un privilegio adicional por ser el nieto mayor. Si vamos a las cuentas reales, él tiene mucho más que perder que tú.
—¿Mucho más que perder? —Giselle sintió que una chispa de esperanza se encendía en su pecho—. Explícate.
—Si él pide el divorcio, tú no perderás nada de tu legado Carter. Las cláusulas de penalización solo se activan contra quien rompe el contrato. Si quieres ser libre y mantener tu empresa, solo debes lograr una cosa: hacer que sea él quien inicie el divorcio.
Giselle se quedó en silencio, procesando la información.
—Hacer que él no me soporte... o que su obsesión por Antonia lo obligue a elegir —murmuró ella—. En dos años he aprendido sus debilidades. Sé lo que le molesta.
—Exactamente —asintió el abogado—. Debes jugar a su mismo nivel y ver quién resulta vencedor. Pero ten cuidado, Giselle. Los Roch no juegan limpio.
Al salir del despacho, Giselle se detuvo en seco frente a su auto. Marcó a su secretaria de inmediato.
—Mary, cancela toda mi agenda de la tarde, a excepción de la cena con Harry Brown. Y búscame un reemplazo para la supervisión de almacén.
—Muy bien, señora. ¿Sucede algo?
—Sucede que es hora de sacar a la verdadera Giselle Carter a la luz.
Buscó en su teléfono el contacto de la asesora de imagen que su amiga Rebeca le había insistido en guardar. "Algún día la vas a necesitar", le decía. Ese día había llegado. Pidió una cita de urgencia, agradeciendo internamente cuando le confirmaron que podían recibirla esa misma tarde en su salón privado del norte de la ciudad.
Al llegar, le explicó a la asesora su objetivo. No quería solo verse bien; quería verse imponente. Quería que cada vez que Marcel la mirara, recordara lo que estaba intentando destruir.
—Déjalo en mis manos —le aseguró la experta con una sonrisa cálida—. Para cuando salgas de aquí, serás una mujer completamente diferente. Ya lo verás.
Las horas pasaron entre tijeras, tintes y brochas. Su cabello, antes oculto en moños descuidados, ahora lucía unos rizos definidos y armoniosos; el color castaño profundo contrastaba de manera magnífica con sus ojos. Pero el cambio más drástico fue deshacerse de las gruesas gafas que ocultaban su mirada. La asesora le enseñó técnicas de maquillaje y cómo utilizar la ropa para resaltar su figura.
—Abre los ojos, Giselle —le pidió la asesora.
Giselle obedeció. Frente al espejo, no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Era sofisticada, poderosa y, sobre todo, hermosa.
—Wow... esto es... —su voz se quebró un poco—. Es mucho más de lo que esperaba.
Respiró profundo, conteniendo las lágrimas de emoción.
Rebeca siempre tuvo razón: el potencial estaba ahí, solo faltaba la voluntad de mostrarlo. Ahora, su único deseo era llegar a la reunión y ver la reacción de Marcel. Lo de Aruba solo había sido un dardo para molestarla, pero ahora el que saldría con una herida en el orgullo sería él.
"Ahora veremos si eres capaz de burlarte de mí de nuevo, Marcel Roch", pensó mientras caminaba hacia la salida con una seguridad que nunca antes había sentido. "Ya no juegas solo en este tablero".







