13. La huella de la duda
—No puedo más con esto, Rebeca. Te juro que siento que el cuerpo me va a estallar en cualquier momento.
Giselle se dejó caer sobre el sofá de su oficina, presionando una almohadilla térmica contra su vientre. Su rostro, usualmente impecable, lucía una palidez alarmante, y pequeñas gotas de sudor frío se acumulaban en su frente. Rebeca cerró la puerta con llave y se apresuró a sentarse a su lado, sosteniendo un termo con té de manzanilla.
—Estás ardiendo en fiebre, Giselle. Esto ya pasó el límite