Capítulo 33. Mariposas y señales
ELENA
Lycan se inclinó hacia mí, con esa sonrisa que me derretía.
—No te olvides de mí. Estarás muy ocupada entre el entrenamiento y el trabajo.
Me reí. No pude evitarlo. Porque la idea de olvidarlo era tan absurda que ni siquiera podía fingir que era posible.
—Eso es imposible —respondí—. Aunque quisiera, no podría.
Lycan se acercó, me tomó la mano, y la besó con delicadeza.
—Entonces estamos bien.
Solté todo el aire que llevaba atrapado en los pulmones. Cuando Lycan dijo que quería pedirme a