ELENA
Lycan me llevó por un pasillo hasta un baño que parecía sacado de una revista de castillos millonarios. Mármol blanco, detalles dorados, y una bañera tan grande que pensé que podía nadar estilo mariposa si me daba por ahí. El agua ya estaba preparada, tibia, perfumada con lavanda y rosa.
—¿Esto es una trampa? —pregunté, medio en broma, medio en serio.
Lycan no respondió. Solo me miró con esa cara de “no te resistas, humana testaruda”.
Y entonces ocurrió. El momento temido. El momento de