Capítulo 15. La calma

ELENA

Lycan caminaba sin mirar atrás. Sus brazos seguían rodeándome, y yo me aferré a él como si fuera un salvavidas. A lo lejos, un coche negro de cristales polarizados esperaba, con el motor encendido.

El ejército se dispersaba. Algunos se quedaron vigilando, otros escoltaban a mis padres, que caminaban cabizbajos y derrotados.

Cuando llegamos al coche, Lycan abrió la puerta trasera. Con cuidado, me dejó en el asiento, como si fuera de cristal. Me acomodé sin decir palabra, aún temblando, aún procesando todo lo que había ocurrido. El interior del coche era cálido, silencioso, con aroma a cuero.

Lycan cerró la puerta sin brusquedad. Se quedó fuera, rodeado por varios hombres de aspecto imponente. No podía verlos bien, pero podía escucharlos. La puerta no era suficiente para detener la voz del Rey Lycan.

—Cancela todas las fiestas. Si veo a alguien por las calles festejando, lo matáis sin titubear.

Hubo un silencio tenso. Nadie se atrevía a cuestionarlo cualquier orden que diera el R
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