La voz, grave y cortante, me saca de golpe de mi burbuja. Me giro tan rápido que casi tiro la sartén, y ahí está, en el umbral de la cocina: un hombre alto, con un traje impecable. Su pelo engominado hacia atrás brilla bajo la luz de los focos de la cocina, y sus ojos, fríos y afilados, me recorren de arriba abajo, deteniéndose en la camiseta de Dominic que apenas cubre mis muslos. La forma en que me mira, con una mezcla de desdén y superioridad, me hace sentir pequeña, como si hubiera invadido un espacio que no me pertenece.
—Ehh…
Sé dónde está Dominic, ¿por qué no me salen las palabras?
—Para empezar, ¿tú quién coño eres? —suelta de muy mala gana, lo que me hace apretar los labios buscando algo coherente que decir. Tiro del dobladillo de la tela que tengo puesta, intentando cubrirme un poco más con la camiseta de Dominic, que de repente se siente demasiado fina, demasiado reveladora—. No te esfuerces, no eres la primera prostituta de mi hijo a la que me encuentro.
El insulto me gol