La voz, grave y cortante, me saca de golpe de mi burbuja. Me giro tan rápido que casi tiro la sartén, y ahí está, en el umbral de la cocina: un hombre alto, con un traje impecable. Su pelo engominado hacia atrás brilla bajo la luz de los focos de la cocina, y sus ojos, fríos y afilados, me recorren de arriba abajo, deteniéndose en la camiseta de Dominic que apenas cubre mis muslos. La forma en que me mira, con una mezcla de desdén y superioridad, me hace sentir pequeña, como si hubiera invadido