Jaqueline
Permanecí inmóvil en la puerta de la oficina, con los ojos fijos en Alexandre, que estaba visiblemente afectado. El silencio pesaba. Había en mí un impulso casi imposible de controlar: acercarme, abrazarlo, decirle que no estaba solo. Pero me contuve. El hombre frente a mí era reservado y orgulloso, del tipo que no permite que nadie lo vea frágil.
En silencio, Alexandre caminó hasta el escritorio, tomó su portafolio y no me miró ni una sola vez. Su voz salió firme y baja cuando pidió