Alexandre
Sentada a mi lado, con la misma naturalidad de quien siempre sabe exactamente lo que quiere, estaba Raissa. Llevaba un vestido corto de un verde profundo que resaltaba contra su piel clara. El cabello rubio, largo y suelto, caía en ondas suaves sobre los hombros. ¿Y los ojos? Los mismos de siempre. Angelicales e intensos, como si el tiempo no hubiera tenido el valor de tocarlos.
Raissa se acomodó en el taburete junto a mí, cruzando las piernas con una gracia ensayada, haciendo que el