Estevão
La impaciencia me consumía desde el momento en que acompañé a Malu hasta su casa. Ella no me havia dado noticias y su silencio pesaba más que cualquier palabra. Sin pensarlo demasiado, salí de mi casa rumbo a la suya. Hice el camino de siempre por la lateral hasta llegar a su cuarto.
Allí dentro, Malu dormía. Estaba recostada de lado, con el gato enroscado junto a su cadera. Sus cabellos rubios sueltos, esparcidos como ondas sobre la almohada. Su rostro sereno. En paz, como si el mundo