23. Nublados por el deseo
El rostro de Fredrick se tornó de un rojo carmesí, sus manos no pudieron evitar colocarse sobre la parte noble de su cuerpo, aun así, se mantuvo erguido, como todo un rey.
—Permítame darle un consejo, Su Majestad —dijo Selene, ignorando por completo el dolor que había infligido en Frederick—. No comience algo, que no está dispuesto a terminar.
Frederick no respondió. ¡No podía hacerlo! Y Selene aprovechó para escapar y ponerse a salvo en la seguridad de su recámara, aunque era consciente de que