En la sala hospitalaria, la tensión flotaba en el aire. Maximilien, herido, pero aún lúcido ante la gravedad de la situación, observaba impotente mientras su esposa permanecía en un estado de inconciencia.
Desesperado, se enderezó en la camilla y aferró con fuerza la mano de la enfermera.
—Señorita, mi esposa está embarazada. ¡Por favor, ayúdenla! —suplicó.
La enfermera, intentando calmarlo, respondió:
—Señor, tranquilícese, por favor. Estamos haciendo todo lo posible. ¡Cálmese!
—Ella tenía un