El hombre parecía incluso más envejecido que días atrás. Tenía las botas llenas de tierra, la camisa beige arrugada y profundas sombras debajo de los ojos. Honestamente parecía alguien que no había dormido absolutamente nada desde lo ocurrido.
—Oh, Lorenzo… —murmuré.
Para mi absoluta sorpresa, el hombre se arrodilló frente a mí inmediatamente.
Me quedé congelada.
—Lorenzo, no… no haga eso.
—Lo siento mucho, señora Valentina —murmuró con la voz quebrada—. Pero cuando vi lo que ese hombre le hizo