El desayuno fue extrañamente tranquilo.
Después de todo lo ocurrido durante los últimos días, aquella calma se sentía casi irreal. La mesa del comedor estaba llena de comida caliente, frutas recién cortadas, café, jugo natural y una cantidad absurda de comida que la señora Ortega había preparado desde temprano. Waffles, huevos revueltos, tocino crujiente, tostadas, queso fresco, frutas y hasta pequeños recipientes con miel y mermeladas caseras decoraban la enorme mesa de madera.
Y honestamente…