La pregunta de Tamara quedó flotando en el aire. Maximiliano se puso completamente rígido a mi lado, como si la última pizca de paciencia que le quedaba en las venas se hubiera evaporado.
Su mirada, que hasta ese segundo había estado fija en las sienes sudorosas del tío se clavó en su prima con una ferocidad que me asustó.
No había compasión en sus ojos, solo un desprecio puro, acumulado durante días de soportar los caprichos de una mujer que jamás había mirado más allá de su propio ombligo.
S