“¡Dios dame paciencia! Necesito conservar este empleo.”, respiré hondo.
Me incliné a su altura, mis rodillas rozaron con las baldosas.
—No soy tonta, yo no sabía que…
—¿Qué soy una inválida?
Había frustración y dolor en esa mirada, esos ojos me parecían conocidos.
—Mira que lindo día hace, nos estamos perdiendo de mucha diversión.
Ella resopló con impaciencia, pero no me dijo más nada.
Hice mi lucha por hacerla reír con chistes graciosos. No se rió. Sus manos apretaron fuerte el reposabrazos