No tenía mucho rato de haber cerrado la puerta de la habitación. De nuevo mi tranquilidad fue interrumpida.
Eran toques desesperados, pensé que era Tamara, solo que esta vez me equivoqué.
Gael me llamaba a gritos y no se iría si no le abría la puerta.
—Arya, abre. Sé que estás ahí. Escucho tu respiración.
Me miré al espejo por última vez. No vi a la gordita de mirada dulce, en los ojos de la nueva mujer solo había oscuridad y rencor.
Me abrí los primeros botones de la blusa que él tan amable