5- La decisión correcta

POV Gael.

Mi nombre es Gael Altamirano, tengo cuarenta años, aunque horas atrás una joven me hizo sentir como de veinte.

“Adiós, Aria Sotomayor, espero no verte más.”, pensé mientras recostaba mi espalda hacia atrás.

Cerré los ojos para quitar su imagen de mi cabeza. Me culpo porque mi piel la sintió, no debería ni pensar en ella, es la ex novia de Adrián. 

Con todo mi dinero y mi poder, jamás podría tenerla. Caigo en cuenta que el dinero no compra la felicidad, solo me aísla de lo que deseo.

En este momento, ese deseo huele a durazno con delicadas notas de rosas.

Es el olor que Arya dejó impregnado en mi piel y que me hizo perder la cordura.

No pasó nada, por suerte, ahora solo debo pensar en la paz de mi hija, Tamara. 

Aunque eso implique ser duro y hostil con los demás, como padre se lo debo.

“¿Qué pensará Arya de mí?, eso ahora no viene al caso, ella solo es una arribista.”

Yo solo traté de evitar el desastre que pudo haber causado.

Por suerte pude sobornar a los periodistas que tomaron fotos y grabaciones.

Y los invitados, ellos quedaron convencidos de que ella difama el buen nombre de Adrián.

—Quiero que investiguen más de esa mujer, quiero saber: Dónde vive, qué come, a qué hora duerme y no pierdan de vista a Adrián Montealegre.

Mi asistente asiente y luego le da órdenes a sus hombres por teléfono. 

La ex de Adrián es de carácter fuerte, ninguna mujer me había desafiado. 

¿Quién diría que estuvimos a un centímetro de la gloria y el abismo? 

La tuve contra la pared de la suite, sintiendo su respiración agitada, olvidando que era la ex mujer del imbécil de mi yerno.

¿Cómo más se le puede llamar a un hombre que deja a semejante mujer?

Hablo con propiedad, he salido con muchas mujeres: Flacas, esculturales y superficiales, ninguna con el ímpetu de Arya.

En mi cabeza rebotan algunas de las frases hirientes que le lancé.

—No dejaré que dañes la felicidad de Tamara— No eres más que una arribista. 

La insulté para salvarme a mí mismo. La humillé porque, si no lo hacía, me habría quedado allí, perdiendo mi autoridad en su tibio cuerpo de grandes medidas.

Mi limusina se desliza por la autopista y atrás queda esa historia que jamás empezó.

El chófer conduce en un silencio sepulcral, ajeno al incendio que llevo por dentro. 

Me desajusto la corbata, sintiendo que me pesan las palabras que le dije.

Entonces, el tráfico se detiene en seco. Un semáforo en rojo, maldita sea.

Giro la cabeza y el corazón me dio un vuelco que me quitó el aire.

Es ella. Está ahí, de pie en la acera, esperando para cruzar. Con su traje roto.

Ella me mira. No hay odio en sus ojos, solo una decepción tan profunda que me quema más que cualquier insulto. 

Desde mi lujoso auto, soy un fantasma millonario atrapado en una jaula de oro.

—Señor, ¿Directo a la mansión?—la voz de mi chófer suena desde el intercomunicador.

Mi mano tiembla sobre la manija de la puerta. Una parte de mí quiere bajar, gritar su nombre, pedirle que suba y mandarlo todo al diablo: 

El compromiso, las apariencias, mi apellido. Pero soy Gael Altamirano, y los hombres como yo no piden perdón.

—Directo, sí —susurro, subiendo el cristal—. No tenemos todo el día.

Vuelvo a la oscuridad de mi limusina, mientras veo por el retrovisor cómo su figura se desvanece a medida que el auto se aleja.

Apenas entré a la sala vi a mi hija Tamara sentada en el salón, con los brazos cruzados y una expresión de descontento en su rostro

 El silencio se prolongó, pero pronto Tamy fue la primera en romperlo. 

—No puedo creer que hayas hecho eso, papá —dijo, su voz temblando por la indignación—. Evitaste que mandara a la ex de Adrián a la cárcel, ella casi arruina nuestro compromiso. 

Me siento más frustrado que nunca. Aunque había tomado la decisión correcta, no imaginaba que el asunto afectaría tanto a su hija. 

En mi mente, había hecho lo que tenía que hacer para protegerla.

—Lo hice por tu bien, Esa mujer ya no es un peligro. 

—¿Y quién te crees para decidir lo que es mejor para mí? —replicó levantándose de su asiento—. Yo soy mayor de edad, padre. Puedo tomar mis propias decisiones. 

Mi corazón palpitaba con fuerza, en los negocios yo era un duro, pero en mi hogar no podía decir lo mismo.

 Mi hija, con el fuego de la juventud ardiendo en sus ojos, me retaba.

—Mira, no es que no confíe en él, pero Adrián... 

No sabia como decir que Adrián no me inspiraba confianza. 

—¿Adrián? ¿Qué me dirás de él? Lo conoces más que a esa. Nunca te ha dado motivos para dudar.

—Hasta hace unas horas le tuve confianza. 

 —Tú sólo ves lo que quieres ver: a un chico que viene de un entorno humilde, y no lo soportas. 

El pecho se me apretaba. La realidad era más compleja de lo que podía expresar. 

Por un lado, veía a mi hija enamorada, y por otro, a un joven que, en su opinión, no era suficientemente bueno para ella. 

—No es solo eso, lo he visto trabajar tan duro y lo que ha logrado. Pero tengo mis reservas. 

Tamara chasqueó los dientes, ella no entraba en razón.

—Le crees más a esa gorda mentirosa, presa debería estar.

—Y crees que la solución es meter a la cárcel a quien consideramos una amenaza. Yo te protegí de tu mal carácter. 

Ella puso los ojos en blanco mientras bufó:

—Eso no es protegerme, papá, eso es controlarme. Esa gorda agredió a mi prometido.

Cerré los ojos por un momento, intentando ordenar mis pensamientos. 

Soy un CEO exitoso que había pasado toda mi vida tomando decisiones críticas, pero esto era diferente. 

—Lo que hice fue para salvaguardar tu felicidad. — Te diré la verdad, no pienso que Adrián sea la persona adecuada para ti. Toma tu tiempo y conoce más de él.

—¿Y qué hay de mi felicidad? ¿No importa eso para ti?.

Teníamos dinero, éxito, pero a menudo, me preguntaba si había descuidado lo más importante: el bienestar emocional de mi hija.

Aquella conversación se extendió en un tira y afloja de emociones. 

Mi hija sintió que sus palabras no eran escuchadas, y yo, aunque deseaba lo mejor para ella, había tomado una decisión drástica que únicamente la había molestado.

—Escucha, si no fuera por lo bueno que es Adrián en el trabajo, lo hubiera despedido.

Yo soy consciente de que mis palabras estaban llenas de una verdad agridulce. Adrián no era el compañero adecuado para mi hija.

—Así que su valía como empleado es todo lo que importa para ti. Miras mi relación como un negocio, papá. 

Tamara sacudió la cabeza, decepcionada—. No puedo seguir hablando contigo si no puedes ver cómo me siento.

Aquí estoy, encerrado en mi despacho, con el sabor amargo de un whisky de dieciocho años que no logra anestesiar mi pecho. 

El eco de los gritos de Tamy aún rebota en las paredes.

—¡Es una delincuente, papá! ¡Debería estar tras las rejas!

Me había gritado ella, con el rostro desfigurado por el odio.

Me paso la mano por la nuca, apretando los músculos tensos. Siento el peso de mi reloj de oro en la muñeca, una carga que hoy me parece insoportable.

 Me acerco al ventanal que da al jardín.

¿Cómo explicarle a mi propia hija que no puedo mandarla presa porque cada vez que cierro los ojos siento sus uñas marcadas en mi espalda? 

¿Cómo decirle que la mujer que ella desprecia es el único incendio que no he podido apagar con mi chequera?

Aprieto el vaso de cristal con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. 

La mandíbula me duele de tanto contener verdades que me destruirían. 

Tamara me miró con una decepción que me atravesó el alma.

Me sirvo otro trago, el hielo tintinea contra el vidrio, un sonido metálico que me recuerda al semáforo de esta mañana. 

 El silencio de este despacho es sepulcral. Me siento en mi sillón de cuero, hundiéndome en él como si quisiera perderme.

 La imagen de Arya en la acera y esa mirada de mujer ofendida, me persigue.

 Mi hija quiere justicia, quiere verla con un uniforme naranja, humillada ante la sociedad que tanto nos importa. Pero yo... yo solo quiero volver a ese hotel.

Un espasmo de culpa me recorre el estómago. Soy un hipócrita. He construido una fortaleza de moralidad para que mi hija crezca segura, y ahora soy yo quien le abre la puerta a la tentación.

Me tapo la cara con las manos, respirando el aroma de Arya que impregna mi piel. 

Me levanto de golpe y lanzo el vaso contra la chimenea. El estallido del cristal rompiéndose me da un segundo de alivio, una descarga de adrenalina que se desvanece al instante. 

Me quedo mirando los fragmentos brillantes sobre la alfombra persa. Así está mi vida ahora: rota, cara y peligrosa. 

Me ajusto la chaqueta del esmoquin, recuperando la máscara de hierro. 

Busco a mi hija y la obligó a escucharme, quitándole sus audífonos. Ella protesta un poco, porque todavia se encuentra molesta conmigo.

No es fácil la decisión que he tomado, para mi lo más importante es darle gusto  a Tamara. Desde niña siempre ha sido caprichosa.

Reconozco que tengo la culpa, por darle la razón en todo lo que me pedía. Espero no repetir el mismo error con mi pequeña Celeste. Mi hija me mira con gran expectativa.

—Tengo la solución a este asunto. 

—¿De qué hablas papá?

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