Mundo ficciónIniciar sesiónLe habían pasado llave a la puerta
—¡Auxilio! Alguien que me saque de aquí.
Mis gritos fueron en vano, nadie acudió en mí ayuda.
Se me ocurrió la idea de llamar a alguno de mis compañeros de trabajo, alcancé a marcar un número y el celular se apagó.
—¡Rayos! Necesito salir de aquí.
Podía escuchar la música del salón de fiestas.
Con esa bulla sería un milagro que alguien me oyera.
Pasaron un par de horas, nadie parecía recordar que estaba yo en ese lugar.
¿Qué clase de hombre era el señor Altamirano?
Amenazar e insultar a una mujer no le bastaba.
¿Por qué me mantenía retenida?
Muchas ideas vinieron a mi cabeza, sentí miedo de que me hiciera daño.
Con tanta influencia y dinero, nadie me haría justicia si algo me pasara.
No me parecía justo que siendo yo la agraviada me trataran como a una delincuente.
Allí tirada en ese piso piso de ese oscuro salón lloré más todavía.
Estaba arrepentida, yo tenía que hacer un escándalo mayor.
¿Por qué no lo hice?
Quizás todos se hubiesen dado cuenta de la basura que es Adrián Montealegre.
Me acurruco junto a la puerta, como una niña castigada.
“Los odio a los dos, no sé quién es peor si Adrián o el señor Altamirano”
Al recordar mi reciente desliz, la rabia se apoderó de mí al recordar sus besos y caricias.
“Me siento burlada, no puedo esperar nada bueno de ellos.”
Las piernas se me estaban durmiendo y me levanté a caminar en círculos por el salón.
Ya un poco más tranquila me senté en un rincón a pensar en mi desgracia.
Casi me quedaba dormida cuando escuché unos pasos acercarse, la puerta se abrió.
Mantuve la cabeza baja incapaz de mirar a la cara de ese hombre solo le ví lo zapatos.
Me tiró un cubo de agua helada encima.
—El jefe te quiere bien despierta.
Solo dijo eso y se alejó, yo empecé a temblar de frío abrazada a mis rodillas.
Las horas en aquel depósito de suministros parecieron eternas, como una tortura silenciosa.
El olor a detergente industrial se me metía en mi garganta, asfixiándome más que la propia oscuridad.
La imagen de Gael venía a mi mente, ¿Quién si no él? Obvio que no dejaría de cobrar esa bofetada.
Al mismo tiempo mi mente recreaba ese beso hambriento y el desprecio con el que me dio el cheque.
"Me encerró", me decía a sí misma con una punzada de odio puro.
Convencida de que el millonario había ordenado a sus guardias desaparecerme para proteger la felicidad de su hija.
Cuando la cerradura crujió, no fue Gael el que entró. Ví la figura despreciable de mi ex.
—No debiste venir esta noche al hotel, yo te lo dije, pero tu eres terca, Ahora tengo que asegurarme de que no abras más la boca, por las buenas o por las malas.
—Eres un cerdo asqueroso, me arrepiento de haber sido tu mujer.
Adrián cerró la distancia, atrapándome contra las estanterías metálicas que vibraron con el impacto.
Él no buscaba amor, buscaba dominio. Intentó sellar mi boca con un beso cargado de desesperación y alcohol.
No lo dudé, cerré mis dientes con una fuerza salvaje sobre su labio. Sentí el sabor metálico de su sangre en mi boca.
—¡Maldita perra! —rugió él, empujándome con tal violencia que mi nuca golpeó el metal.
Antes de que pudiera recuperar el aliento para gritar, la mano de Adrián me tapó la boca.
Me soltó de prisa, ahora para apretar mi garganta, sentí el pánico palpitar en mi pecho, mis pies apenas tocaban el suelo.
—Te voy a soltar, si prometes no gritar.
Yo hice una seña afirmativa.
—No quiero nada contigo, tu mataste el amor que sentía, solo déjame ir.
—Imposible, mas bien tengo un trato que nos beneficia a los dos.
Puse mis ojos en blanco, con todo lo malo que me ha hecho todavía es cara dura.
—Jamás, no te molestes en proponer nada.
—Vamos, Aria. Seamos amantes, te puedo conseguir un gran ascenso en el hotel. Te compraré un penthouse de lujo, ropa costosa, lo que quieras.
—¿Con el dinero de los Altamirano? ¡Eres una porquería!
Saqué fuerza y lo empujé, no pude llegar a la salida. Sentí el ardor de una bofetada y el intenso dolor en mis labios.
—No Adrián, no me hagas daño.
—¿Quién te dijo que te haré daño? Solo te voy a refrescar la memoria.
Lloré de impotencia y lo único que se me ocurrió fue gritar:
—¡Auxilio!
—Shit, nadie te va a escuchar.
Adrián olió mi cuerpo y me comenzó a manosear con una urgencia asquerosa, desgarrando la tela de mi uniforme mientras susurraba amenazas.
No podía emitir sonido; el llanto se me quedó atascado en la garganta.
Mis ojos, desorbitados y empañados por las lágrimas, buscaban desesperadamente una salida en la penumbra.
Viendo cómo el hombre al que una vez amé se convertía en mi verdugo.
En ese instante de oscuridad absoluta, el mundo se redujo al dolor en mi cuello y al sonido de mi ropa cediendo.
Apreté los ojos con fuerza, deseando desaparecer por arte de magia, pero él ruido de la puerta fue tan fuerte que ambos volteamos a ver.
La silueta del suegro de Adrián estaba en el marco de la puerta.
Sus puños cerrados con una furia que se reflejaba en esos ojos color miel.
—Suéltala, Adrián
—ordenó Gael.
Adrián, asustado y con el labio todavía ensangrentado por la mordida, retiró la mano de mi garganta.
Yo me apoyé contra las estanterías, tosiendo desesperadamente, buscando oxígeno.
Me cubría los jirones del uniforme con manos temblorosas.
Mis ojos, desorbitados y empañados por las lágrimas, buscaron los de Gael esperando justicia, pero solo encontré un muro de hielo.
Caminó hacia nosotros con lentitud. No se agachó para consolarme. Ni siquiera me tocó.
Se limitó a mirar el desorden en mi ropa y luego la sangre en el rostro de su yerno.
Su juicio fue instantáneo y erróneo: para él, aquello no era un ataque, sino una escena de pasión que se había salido de control entre dos amantes resentidos.
—Sal de aquí, Adrián. Límpiate y vuelve a la fiesta; tu prometida te espera. —dijo sin apartar la vista de mí.
—Yo me encargaré de que esta... "jovencita" no vuelva a cruzar la raya.
—Suegro está mujer me agredió, solo quise impedir que volviera a entrar en el salón.
—No oiga a ese demonio, señor Altamirano, usted mismo vio lo que estaba pasando.
—Silencio, ya hablé. No me quiero involucrar en asuntos pasionales.
Adrián me miró con burla antes de salir del depósito.
—Tenemos que hablar señorita.
—No tengo nada que hablar con usted, gracias por salvarme. No fue un gusto conocerlo.
Dos empleados en la puerta me cerraron el paso.
Gael se quitó el saco y me cubrió. Los primeros rayos del sol nos alumbraron de frente.
El chófer me abrió la puerta del auto, yo miré a Gael con desconfianza.
Me senté con las piernas cruzadas y la cabeza inclinada, veía lo destrozado que estaba mi uniforme.
Mi cuerpo aún estaba entumecido por el frío, Gael le dio una orden a su empleada en voz baja.
Al poco rato traía un termo con café, sirvió en dos tazas de porcelana y nos dejó a solas.
Tomé varios sorbos, el calor me volvía al cuerpo, tuve suerte de no haberme resfriado.
—Señor Altamirano, yo…
—No me diga nada, usted solo trae problemas, Adrián ha demostrado ser un excelente trabajador, a usted apenas la conozco.
Llorar era lo único que podía hacer en ese momento, ¡Que impotencia tan grande.
“Este hombre es más tozudo de lo que pensaba, no perderé mi tiempo tratando de explicar nada.”
Él me dio un pañuelo para que secara mis lágrimas, lo rechacé con la mano.
—Mírate, no tienes dinero, no tienes trabajo y lo más seguro es que Adrián te denuncie por agresión. En una hora, la policía estará buscándote en tu madriguera.
Apreté los puños, sintiéndome presa del pánico.
“Con gente tan poderosa ni siquiera me dejarán oportunidad de defensa.”, pienso mientras intento apelar a su razón.
—Usted sabe que eso es mentira. Él me atacó... usted lo vio.
Gael dejó la taza de café a un lado y se me acercó.
Su aliento rozó mi oído:
—Yo vi lo que quise ver. Y el mundo creerá lo que yo diga. Tienes dos opciones: sales por esa puerta y terminas en una celda antes del mediodía, o te pierdes de nuestra vida para siempre.
—Le prometo que jamás me verá, que sea la vida la que ponga todo en su lugar, adiós señor Altamirano.
—Demás está decirte que ese breve momento en la suite no debe ser ventilado.
—¿De verdad me cree una mala mujer?
Él me sujetó la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran dos brazas de fuego. No entendía su rencor.
—No me importa su vida, aquí lo único claro son sus malas intenciones.
Me bajé de su limusina y caminé hasta la avenida, ninguno de los taxis se detenía, no los culpaba porque mi facha era pésima.
En el siguiente semáforo los autos se detienen, Gael me observa por la ventanilla.







