Mundo ficciónIniciar sesiónArya Sotomayor.
—¿Es usted la señorita Arya Sotomayor?
Miré con desconfianza a ese hombre parado en el marco de mi puerta.
—Sí, soy yo. ¿Para qué me busca?
—Soy el abogado de la inmobiliaria Imperio C.A. —Dijo mientras me hacía entrega de un sobre.
Un frío repentino envolvió mi cuerpo al leer el contenido.
El abogado de la inmobiliaria me miró con tanta frialdad que me dieron ganas de vomitar.
—Esto tiene que ser una equivocación, yo no le debo un centavo a nadie.
—Lo siento, señorita, pero el documento es legal. Usted firmó en total acuerdo para avalar un préstamo, este departamento es la garantía, Las escrituras fueron entregadas por el señor Montealegre.
—Este departamento lo pagué yo sola, no es de Adrián.
—Él tenía un poder general firmado por usted, ¿lo recuerda? —el abogado ajustó sus gafas—. El préstamo nunca se pagó.
Todo alrededor de mi dio vueltas, me apoyé en la pared, respiré profundamente tratando de recuperar la calma.
—Señorita, ¿Se encuentra usted bien?
—Sí, vaya donde Adrián y dígale que le devuelva el dinero.
—Imposible, lo contactamos por medio de su secretaria y nos dijo que el dinero lo utilizó en una joyería de la Quinta Avenida. Un anillo de diamante.
Cerré los ojos. Recordando el anillo que brillaba en el dedo de Tamara Altamirano, esa noche del compromiso.
Adrián no solo me había dejado; me había robado mi techo y mi futuro para comprar su entrada al mundo de los ricos.
—Tiene usted, una semana para dejar este apartamento.
Me quedé mirando como el abogado se alejaba, no tenía la más mínima esperanza de recuperar mi hogar.
El escándalo en el compromiso me había dejado desempleada.
Me habían acusado de agredir a Adrián, dejando una mancha en mi currículum que ninguna empresa podía ignorar.
Estaba endeudada y con mi nombre por los suelos. Mi cuenta bancaria estaba en cero.
Perder el departamento era un gran golpe, hice muchos sacrificios para tener un techo propio.
Muy temprano en la mañana salí a buscar un empleo, repartí muchas hojas de vida.
Tres horas después, con los pies hinchados me senté en la banca de un parque.
Me quité los zapatos y me dí un masaje en los pies antes de seguir.
Pasaban los días y nadie me contrataba en las entrevistas.
Un día descansaba en casa cuando una llamada internacional entró a mi teléfono.
—Hola, gorda. ¿Me has extrañado?
—¡Imbécil! ¡Te exijo que pagues el préstamo que pediste! Mi departamento no lo voy a perder por tu culpa.
Su risa fría me hizo estremecer, su plan era colocarme contra la pared.
—¿Por qué lo haría? Tú no eres mi mujer, vuelve conmigo, te prometo que nada te faltará.
En ese momento hubiese deseado tenerlo enfrente y darle unas cuantas bofetadas.
—¡Púdrete! Prefiero morir de hambre y dormir en la calle que estar a tu lado.
—Pensé que este tiempo te haría reflexionar.
Él se había vuelto más descarado, yo no podía dejar pasar el asunto del anillo.
—Adrián, eres una porquería, me hiciste pagar el anillo de compromiso. Te voy a quitar la máscara, todos sabrán que eres un vividor.
—¡No creo! Mi suegro más bien me premió con un viaje por Europa, yo disfruto con mi prometida mientras tú te hundes en la pobreza.
—Eres una rata, Adrián —susurré, apretando el teléfono—. Me lo quitaste todo.
—¡Lo siento! –Dijo con burla. —Quisiste acabarme, pero Gael Altamirano me estima tanto que me dio la solución: nos mandó lejos para que no ensuciaras nuestra relación. Disfruta tu miseria, porque desde aquí arriba, yo gozo la riqueza.
—Disfruta tu triunfo, yo te veré caer. Fuiste una desgracia en mi vida.
—No me amenaces, deberías de estar satisfecha, ¿Te has visto en un espejo?
—¿Qué dices? ¡Eres un parásito!, yo pagué tus gastos para llevarte a la cima y así me agradeces.
—Tú tenías que pagar el precio de tener un macho como yo.
—¡Te odio! Quiero las llaves de mi auto.
Él siseó, luego se quedó en silencio por varios segundos.
—No te daré nada, los papeles están a mi nombre. No tienes nada, tarde o temprano volverás conmigo.
—¡Infeliz! Eres el peor de los hombres. Debí patear tu trasero delante de los invitados ese día.
Él no parecía afectado ante mis insultos, se burlaba y me amenazaba.
—No creas que me olvidé de la mordida que me diste….
Al fondo se oyó la voz de una mujer:
—Adrián, mi amor vuelve a la cama.
—Tamara, cariño. Llamaba a la empresa.
Colgué, sintiendo que el mundo se me caía encima, estaba sola sin empleo y a punto de ser desalojada.
No sabía qué hacer para salir de mis deudas. Una cosa tenía clara, no iba a ser su amante.
Adrián es un hombre calculador, el miedo a que yo lo exponga lo mueve a querer tenerme cerca.
Yo puedo destruirlo, tengo pruebas y testigos de nuestra vida en pareja.
Lo único que me paraliza es la advertencia de Gael Altamirano.
Mi situación cada día empeoraba, no podía asistir a clases, el costo de la matrícula era alto.
En mi departamento, mi compañera era la soledad y ahora la oscuridad, me cortaron el servicio de luz.
Prendí una lámpara y fui a la cocina a preparar algo de comer, al abrir el grifo me di cuenta de que tampoco tenía agua.
Respiré profundo y abrí la nevera, buscando algo de comida.
Un queso de año rancio, fue lo que encontré y en la despensa, algunas rebanadas de pan duro.
Triste vida la que estaba viviendo, todo por creer en un hombre.
“¡No me vuelvo a enamorar!”, pensé con amargura.
Dos días después, mientras recogía mis últimas pertenencias en cajas de cartón.
Una amiga de la universidad me acogió en su casa. Su nombre era Amanda, de cariño la llamaba Mandy. Ella trabajaba de niñera.
—Te puedo llevar a mi agencia, el dueño es mi amigo y te puede conseguir empleo.
—Te agradezco, yo no quiero ser una carga para tí. En cuanto tenga dinero te aporto para los gastos.
Me miró con lástima y me dejó a solas. Acomodaba mis pertenencias en esa pequeña habitación, mientras pensaba en mi mala suerte.
“Otro golpe de Adrián, ¿Cuándo dejará de hacerme daño?”
Esa noche tampoco pude dormir, amanecí hinchada de tanto llorar.
Me levanté muy temprano y luego de una ducha, me maquillé y arreglé para ir a esa agencia. Ser niñera no era lo mío, pero la necesidad era apremiante.
La oficina era amplia, había muchas chicas esperando ser atendidas, mi amiga entró a la oficina y se tardó más de veinte minutos hablando con su jefe.
Cuando salió su expresión era seria, angustiada le dije:
—Lo sabía, no me va a contratar.
Ella me ofreció una sonrisa.
—¡Te engañe! El jefe sabe de tu situación. Y quiere ayudarte.
Con toda mi buena actitud, saqué pecho y levanté mi cabeza.
El señor me recibió con mucha amabilidad y me habló de una excelente oportunidad de trabajo.
—Un empresario multimillonario solicitó una niñera para su hija menor, él me dejó a cargo de la elección, lea el contrato y lo firma.
Yo me tomé el tiempo de ver el sueldo y los beneficios, era más dinero de lo que pensaba, firmé de inmediato.
La puerta de la oficina se abrió, era el jefe , le entregué el documento.
—Siendo amiga de Mandy, eres de confianza, te llevaré a esa mansión.
—Se lo agradezco de verdad.
El hombre abrió la puerta del coche.
—Tu vida va a mejorar, tendrás alojamiento, comida y otros beneficios.
El auto se desplazaba por la autopista, momentos después muchas mansiones aparecían a la vista.
Me quedé extasiada, ante las elegantes estructuras, solo en revistas había visto tanto lujo y belleza.
Miré alrededor la fachada de entrada a la gran mansión.
Un cúmulo de expectativas crecían en mí, era un nuevo comienzo. Una oportunidad que no podía perder.
Había dejado de ser la persona que soñaba con una carrera de fisioterapeuta exitosa; ahora, mi prioridad era la supervivencia.
Tras aceptar el trabajo, me preparé para el nuevo desafío.
El primer día como niñera fue un desastre, nadie me dijo que la niña era paralítica, la vi acostada.
—Hola soy Arya, tu niñera, vamos a jugar en el jardín levántate.
—¡Fuera de mi habitación! ¡Te odio!, no quiero verte.
—¿Qué pasa aquí?
El mayordomo, me miraba sin entender el lío. Nerviosa pero decidida le expliqué:
—Solo le dije que se levantara para ir al jardín.
—Venga conmigo señorita.
Caminamos por el jardín, no le ví intenciones de echarme, eso me tranquilizó.
—No le dije que la niña es paralítica, la mayoría de las niñeras no acepta o duran tres días a lo máximo.
—Entiendo, yo necesito este empleo, haré lo imposible para que la niña me acepte.
—¡Hágalo! Tendrás más beneficios si tomas el empleo en serio.
Respiré profundamente antes de volver a esa habitación, la pequeña arrugó la frente al verme.
—¿Qué esperas para irte, tonta? Aquí no te quiero.
Al borde de las lágrimas, me quedé parada, como una estatua, sin saber qué decir.
Los pensamientos me aturdieron:
“¿Seré capaz de conectar con esa niña?”







