Arya.
—Ya duerme, Maximiliano. En un rato vamos a la oficina.
Él volvió al sofá, solté un suspiro desde el fondo de mi alma.
Ajusté la alarma para no quedarme dormida, un baño de agua fría me espantó el sueño.
Apenas y probé un café, tan negro y amargo como las intrigas en el imperio Altamirano.
Llegamos a la empresa, a buen tiempo. Mi esposo me tomaba de su brazo.
Los accionistas se pusieron de pie al vernos entrar. La enorme mesa de juntas estaba rodeada por los miembros del consejo de admi