Arya.
Cuando llegamos a la mansión nos esperaba Tamara en la sala.
Su apariencia era lamentable. De la mujer altiva que nos insultaba horas atrás no quedaba ni rastro.
La hija mayor de Gael, tenía el cabello revuelto, los ojos hinchados de tanto llorar y el maquillaje corrido.
Al verme corrió hacia mí con desesperación antes de que mi esposo pudiera interponerse, ella se arrojó al suelo. Se aferró al dobladillo de mi pantalón.
—¡Arya, por favor! ¡Te lo suplico, ten piedad! Retira la denuncia. N