El hombre de carácter rígido a quienes todos obedecían se veía desarmado.
Tenía la camisa blanca desabrochada en el cuello y el aroma del costoso whisky se hacía insoportable.
No era su embriaguez lo que me asustaba, sino la forma en que miraba, como si fuese yo la única tabla de salvación en medio de su naufragio.
—No puede estar aquí, señor —susurré, tratando de soltarme de su agarre.
—¿Qué más quieres de mí? Te defendí ante mí hija,a pesar de saber que eso la pondría en mi contra. No agu