—¿Qué haces en mi mansión?
Lo miró de arriba abajo con desprecio, como quien mira a un intruso.
Adrián no retrocedió. Se ajustó los puños de la camisa.
No le bajó la mirada a Gael, le valía madre su mal humor o el hecho de que no lo aceptara como futuro esposo de su hija.
Esa expresión de cinismo en la cara de Adrián, dejaba claro que ya se sentía dueño del lugar.
—Buenas noches, Gael. Vine a ver a mi prometida.
Lo había llamado por su nombre con toda su intención, para darle a entender que l