Gael.
—Hijo —dije, tratando de forzar una sonrisa. —Tenía miedo de no verte más.
Max tragó saliva. Sus manos temblaron levemente antes de apoyarse en sus rodillas. A juzgar por el sudor en su frente estaba nervioso.
—Padre —respondió, y por un segundo vi un destello de genuino alivio en sus ojos. —Estoy feliz de este milagro.
Mi sonrisa desapareció en el acto. No tenía tiempo para el sentimentalismo.
El dolor en mi pecho no era solo físico; era el peso de una certeza que había estado madurand