Gael.
En mi ausencia no habían cambiado en nada la mansión, todo seguía igual, cada lámpara, cada cuadro.
Era como si el tiempo se hubiera congelado a excepción de algunos detalles.
El bastón de madera oscura que sostenía mi mano derecha golpeó el suelo.
—¡Papá! —El grito de Tamara rompió el silencio del gran salón.
Antes de que pudiera afianzar mi equilibrio sobre las piernas aún débiles, los brazos de mis dos hijas me rodearon.
Tamara lloraba con una exageración que me resultó molesta; cono