Arya.
—¡Te lo juro, Arya! Su mano oprimía mis dedos. Papá me escuchaba.
—Te creo, vamos a la mansión.
El regreso fue un silencio total, Celeste se recostó en mi hombro y se quedó dormida en poco tiempo.
Yo le acariciaba el cabello con suavidad, mirando por la ventana la cola de vehículos en la autopista.
En mi mente todavía retumbaba la última discusión que había tenido con Gael. Un sabor amargo invadió mi boca.
Respiré profundo, no solté ni una lágrima, pero sentía un gran escozor en los oj