—Si mi amor, tu papá nos oye y se va a sanar.
Una calidez de esperanza me devolvió la fé que ya creía perdida.
La pequeña estiró su brazo y, con una delicadeza increíble, le tocó uno de los dedos de la mano izquierda del enfermo. Ese brazo no tenía cables pegados.
—Tienes las manos frías, Papi —dijo la niña, frunciendo el ceño—. Arya ¿por qué Papi no me da la mano? Me aprieta el dedo.
Me agaché a su altura, quedando cara a cara con ella, intentando ocultar el temblor de mis labios.
Le acaric