Arya.
Mi mundo se volteó de cabeza cuando esa puerta de terapia intensiva se cerró en mi cara.
Quise llorar o gritar para desahogarme, pero al voltear a ver a Tamara igual de desecha que yo, me obligué a ser fuerte.
La angustia era tan grande que mis nervios me jugaron sucio. Me dieron náuseas y ese olor a medicina empeoraba mis síntomas.
Me quedé sentada en una de las sillas de aluminio del pasillo, muy quieta, pasando mi malestar con las manos puestas en mi vientre.
—Arya, ¿Estás bien?. —La