Mundo ficciónIniciar sesión—Si el trabajo te queda grande me avisas y elijo a otro.
Conozco a mi jefe y sé que habla en serio, una oportunidad como está no la puedo dejar pasar.
Miré hacia la puerta de la habitación y me decidí.
—Yo iré de inmediato.
Colgué la llamada y me quedé pensando. Temía armar otra discusión.
“Lo mejor es esperar a que se vaya Adrián. “
Sus reuniones de negocios a veces se hacían largas, por eso no me preocupé mucho.
Él salió de la ducha y se colocó su traje, llevaba puesto ese reloj que le regalé.
—Piensa lo que te dije, a partir de ahora tu único trabajo debe ser hacerme felíz.
Se acercó y me dio un beso en los labios.
—No tengo nada que pensar, que te vaya bien en tu reunión.
Puso los ojos en blanco y se acomodó la corbata.
Apenas la puerta se cerró me alisté muy rápido, todos los taxis pasaban ocupados.
Soy la única mujer a quien se le ocurre comprar un auto a medias con su pareja.
Todo el tiempo lo maneja Adrián y yo tengo que tomar el subterráneo o pagar un taxi.
“¡Santo cielo! Voy a llegar tarde.”, pensé mientras sacaba mi celular para pedir un taxi.
No pasaron más de veinte minutos, aunque a mí me pareció una eternidad.
—Señor, lléveme al hotel Casa Blanca. ¡Rápido!
El hombre se rió y me dijo que me colocara el cinturón de seguridad.
Después lo entendí, manejaba super rápido y me despeiné en el camino.
—Señor, maneje con cuidado, quiero llegar en una sola pieza.
Apenas llegamos corrí a toda prisa por el lobby del hotel hasta llegar al salón de fiestas.
Allí estaba mi jefe, dando las indicaciones a mis compañeros.
Ellos estaban alineados en perfecta formación, yo me aliso el cabello con las manos.
—Lamento la tardanza, jefe.
—Sotomayor, procura ser más puntual.
—No volverá a suceder.
El hombre me dio una fría mirada y me indicó que pasara.
Tomé mi lugar y escuché con atención. Cada vez que había un gran evento era lo mismo.
Me sabía el discurso de memoria.
—Nada puede fallar hoy, el señor Altamirano es muy exigente, saben cual es nuestro lema, “al cliente el mejor servicio”
No prestaba mucha atención a esas palabras, mi mente estaba en otro lado.
Rogaba mentalmente que el evento no se fuera a prolongar tanto para llegar a casa antes que Adrián.
Era un simple brindis de compromiso y esos millonarios eran aburridos.
¿Qué tanto se podía extender la celebración?
Lo único diferente de esa noche era que el dueño del hotel haría presencia.
Mis compañeras de trabajo hablaban de lo guapo que era y de los miles de millones que tenía.
“Yo solo tengo ojos para Adrián.”, pensé mientras las escuchaba.
Yo estaba allí para trabajar y no para andar de mirona.
Me limité a servir copas y atender a los invitados.
Manejaba con facilidad las bandejas de un lado a otro.
Ofrecía tragos y bocadillos exquisitos, con una sonrisa cordial tal como nos habían ordenado.
Lo más selecto de la sociedad estaba presente en esa celebración.
A algunas personas las había visto en revistas de celebridades.
Un músico tocaba una pieza clásica y entre ratos se oía la risa de las damas.
Todo transcurría en forma monótona hasta que sucedió lo impensable.
—¡Cuidado!
No pude detenerme a tiempo, ese caballero hablaba con el celular de espaldas al darse vuelta tropezamos.
La bandeja con la botella y las copas se voltearon sobre el traje del señor Altamirano.
Del impulso todo cayó al suelo, se oyó el estruendo al caer al piso.
Un vapor cubrió mis mejillas.
—Disculpe señor. — Bajé la mirada.
—Vea bien por dónde camina, este traje es muy costoso y usted lo arruinó.
—Lo siento, déjame secarlo. —Con una servilleta intenté limpiarlo.
Esos ojos color miel, lanzaban chispas de rabia.
—Quite su mano de mí, solo esto faltaba, ahora tendré que ir a cambiarme.
Salió del salón lanzando maldiciones, yo no sabía qué hacer.
Opté por recoger el desastre y refugiarme en la cocina.
“¡Me van a despedir!”, fue lo primero que pasó por mi mente.
Me quedé esperando la reprimenda de mi jefe inmediato, él pareció no darse cuenta.
Regresaba de la bodega con una botella de vino que tenía más años que yo.
Tomé aire antes de tomar el valor de plantarme enfrente.
Tartamudee un poco, no se me entendía mucho de lo que decía.
—Jefe…. Yo, ¡Lo siento!
—No me hagas perder el tiempo, más bien sigue sirviendo a los invitados.
Nadie en la cocina sabía lo sucedido, por menos de eso me hubiese despedido.
La fiesta siguió su curso, no volví a ver al millonario.
“Por suerte no formuló ninguna queja.” Pensé aliviada.
Mostré una sonrisa amable, aunque por dentro me sentía triste y torpe.
Pellizco un bocadillo dulce y pronto me siento más tranquila.
No hay tristeza que el dulce no logre quitar, ando ligera de un lado a otro sirviendo tragos.
El salón se encuentra repleto, han llegado muchos más invitados, las bebidas y los bocadillos escasean.
Me dispongo a ir a la cocina cuando el animador del evento hace una fanfarria y los novios pasaron al micrófono.
Mi mundo se estremeció, las piernas me fallaron y faltó poco para caer al piso.
—¡No puede ser!
Adrián, mi Adrián, el hombre que amo arrodillado ante esta escultural rubia.
—Tamara, ¿Quieres ser mi esposa?
—Sí, mi amor.
Los ojos de ella brillaban de la emoción y los míos bañados en lágrimas.
El reloj que le dí no era tan costoso como el anillo que le colocó a ella en su dedo.
Ellos sellaron el momento con un beso y los presentes aplaudieron.
“Esto no se queda así, ya verá.”, pensé aturdida.
Me acerqué un poco más. Todavía no daba crédito a lo que mis ojos veían.
Como un rompecabezas las piezas comenzaron a encajar:
Su extraño comportamiento y el interés por alejarme del hotel.
Adrián me la supo hacer, si alguien me lo hubiera dicho, jamás lo creería.
Tenía que verlo con mis propios ojos, se notaba que le tenía adoración a esa mujer por la forma en que la miraba.
Conmigo todos los gastos eran a medias y a ella le había comprado ese anillo de diamante.
Mis manos temblaban y la bandeja cayó de mis manos causando un estruendo, los ojos de Adrián se clavaron en mí.
—Tranquila amor, quédate aquí yo lo resuelvo —Le dijo a la millonaria.
Yo me quedé paralizada mientras él se acercaba, en ese momento quise saltar encima de él y sacarle los ojos.
Mis lágrimas salían con fluidez, quería soltar todos los insultos que pasaban por mi cabeza.
No atinaba a pronunciar palabra alguna y mis labios temblaban.
La novia y los invitados me miraban, nadie se imaginaba lo que había entre nosotros.
Adrián me tomó por los hombros y me miró a los ojos con rabia contenida.
—¡Maldito! ¡Te odio!
—No te atrevas a formar un escándalo aquí — Me dijo al oído.
Yo tragué seco, era el colmo del descaro. Traté de acercarme a la prometida, pero Adrián me torció el brazo tan fuerte que un quejido se me salió.
—Auch, suéltame, me estás lastimando, ahora todos sabrán quién eres.
—Shit — Siseó con cara de loco —empleada inepta, fuera de aquí. Salga o ¿Quiere que la saque?
Ahora su mano sostenía mi cuello, no apretaba pero su firmeza me tenía inmovilizada.
Sus ojos expresaban una determinación fiera que me amenazaba en silencio.
Los invitados ya empezaban a criticar entre ellos. Un fotógrafo de la prensa tomó fotos y un invitado grabó la discusión.
A este punto mi jefe, el señor Jeffrey estaba parado viendo todo lo que pasaba.
¡Qué vergüenza! mis compañeros de trabajo también presenciaron mi humillación.
Miré a Támara respirar agitada, ese vestido ajustado a su pecho parecía querer estallar.
Sin esperar más ella se acercó a nosotros y con voz desafiante lo interrogó.
—Mi amor, ¿Qué está pasando aquí? ¿De dónde conoces a esta mujer? ¿Por qué te insultó?
Los ojos de Tamara estudian cada gesto de su prometido.
Yo cierro los ojos, su manos oprimen un poco más mi cuello. Nadie en este salón me defiende.
Así es la gente de clase alta, parece ciega ante los abusos de los poderosos.
No me extraña que esa chica sea igual de irracional y pedante que su padre.
La soga siempre se revienta por el lado más delgado.
Conociendo a Adrián, él no dejará que le dañe su gran momento.
“¡Ay Dios mío! Me van a sacar a patadas de aquí, ¿Dónde viene a caer?”
Ante el silencio de su novio, ella levantó la voz, muy alterada.
—Te hice una pregunta, Adrián Montealegre.
Miré la garganta de Adrián, su manzana de adán se movió.
Él miró sin ningún remordimiento mis ojos llorosos y luego a Támara.
—Tamy, cariño. Cálmate.
—No me pidas que me calme, habla de una maldita vez.
—Está bien, te voy a contar toda la verdad.







